A quien madruga, Dios no le debe ayudar

Es por la mañana y me voy andando a trabajar como cada día. Mientras voy recorriendo mi camino de siempre. Diviso a lo lejos a una persona con dificultadas. Así como me voy acercando voy observando el problema. Una chica, con muchos apuros, está subiendo escalón a escalón, un carrito de la compra. Este parece que pesa mucho y las escaleras se le están haciendo eternas. Llego a su lado, y será que aun me afecta el sueño pero decido ofrecer mi ayuda.
Yo – ¿Quieres que te ayude?
Chica – No, da igual. (Se la ve muy apurada, sudando)
Y - No en serio te ayudo.
C- Bueno (con ciertas dudas)
Ella tira desde arriba el carro, andando de espaldas, y yo estoy abajo levantándolo un poco. Vamos subiendo poco a poco. Al llegar a los dos últimos escalones y con la obra buena del día a la vista. Ella tropieza con los últimos escalones y cae al suelo (sin hacerse daño). La situación es la siguiente; ella tirada en el suelo con el carro al lado. Subo el último escalón y me intereso por su estado.
Y – ¿Estas bien?
C – Lo ves como no tenías que ayudarme. (Me dice con un tono bastante borde)
Al ver el enojo y el cabreo de la ayudada. Decido irme y dejarla varada a la orilla de las escaleras junto a su carrito.
Desde ese día, antes de ayudar a alguien desconocido me lo pienso dos y tres veces.

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