Hace unos meses estuve en la capital del mundo, Nueva York. Ciudad cosmopolita como pocas y con más de cien lenguas conviviendo en la megaurbe. Pero eso no impidió a que me ocurrieran historias de confusión o surrealistas.
Estaba con mis amigos en un Wendy´s. Una cadena de hamburgueserías muy famosa por esas latitudes. Su logotipo una niña pelirroja con coletas. Llega la hora de pedir. Si suelo tener problemas en mi ciudad no os podéis imaginar en otra con una lengua diferente, que no domino. Pido mi menú favorito; hamburguesa con queso, patatas “normales” (nada de deluxe y cosas raras) y coca-cola. En este tipo de establecimientos, en E.E.U.U., es bastante normal que los trabajadores que te atienden sean de origen latino. Por lo que hablaban un poco de castellano. Una vez elegido el menú sin muchos problemas, que raro. Espero mi cambio en esas moneditas de céntimos de dólar que no sirven para nada. Me fijo en uno de los trabajadores, mientras espero a que me den el cambio. Mis compañeros de viaje me advirtieron de esa peculiaridad. Pero claro quería comprobarlo por mi mismo. El trabajador es el único que no lleva el uniforme con los colores corporativos. Lleva una camisa y pantalones de vestir. Pero eso no es lo más llamativo, sino que no lleva guantes. Se podrá pensar que iba vestido diferente porque era una especie de encargado con un cargo de responsabilidad mayor que los demás y por eso no le obligaban a llevar esos guantes cutres de plástico. Sino porque esa persona tenia seis dedos en cada mano. Tenía una mano “normal” pero después del dedo meñique le salía un pequeño dedo. Este tenía uña y todo y la verdad daba bastante grima. En especial porque te estaba sirviendo comida. Y lo primero que me vino a la mente, no fue lo raro que era ver doce dedos en dos manos. Sino, ¿Habrá guantes para manos de seis dedos? Tras el “shock” inicial, me percato de que no me han dado el cambio. Le pregunto donde esta y no nos entendemos. El diálogo fue “besuguil” a más no poder. Uno de mis amigos, entre risas, me dice que lo tengo enfrente que estoy enbobado. Cojo mi cambio, me lo guardo y me alejo con mi bandeja. Mientras reflexiono sobre porque no ví el cambio.
No se si fué; porque no le entendí cuando me dio el cambio por mi penoso nivel de ingles, por el jetlag de días atrás o porque simplemente no me entiendo con la gente. O en cambio porque acababa de ver a un afroamericano con seis dedos en cada mano en un establecimiento de comida rápida en la ciudad de Nueva York. Y eso es una de las cosas que no me pasan habitualmente.
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