Llegamos al cine. Voy con un amigo. Entramos a la sala que nos toca. Es pronto, como casi siempre, quedan unos 15 minutos para que empiece la película. Mi amigo se sienta a mi izquierda. Y a mi derecha se están acomodando una pareja de unos cuarenta años. El hombre se va un momento al baño. Mientras su mujer se dispone a desembarcar todo lo que lleva, que no es poco. Palomitas, agua, refresco, nachos con queso, bolso y dos chaquetas. A mi derecha coloca los nachos con queso en el asiento entre suyo y el mió. Mientras va colocando a su derecha el bolso, las chaquetas y demás cosas. En esos momentos de confusión llega el marido y se sienta al lado de su esposa. En ese instante la persona que tengo a mi lado le recorre por todo su cuerpo una extraña sensación antes desconocida. Se acaba de sentar encima de unos nachos con queso calientes.
En esos momentos salta del asiento, y se gira hacia su mujer. Esta claro que de su boca no salieron piropos cariñosos de pareja enamorada. Tampoco lo esperaba. Empiezan a discutir allí mismo justo antes de los trailers. Mi cara y la de mi amigo es de poker. Nos estamos muriendo de risa por dentro pero no podemos dar esa impresión. Un consejo, no te rías en la cara, de una persona que le cuelgan doritos con queso calientes de sus vaqueros 501. Tras discutir, deciden irse del cine los dos. El cabreo es grande. acaban de perder dos entradas de cine, una velada romántica, unos vaqueros y unos nachos con queso.
Moraleja, el cine es para ir con palomitas y a lo sumo con chuchearías varias. A este paso un día veré gente comiéndose una porsella rostida con patatas viendo una película.
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