Es agosto,
hace mucho calor. Estoy esperando, junto a mis amigos, el autobús en la parada.
Hace tiempo que esperamos. No tendría nada de particular si no fuera porque es
la parada que está a escasos diez metros de la entrada a la O.N.U. Imponente
gran edificio donde se supone que se intenta arreglar el mundo y facilitar la
comunicación entre las culturas de todos los países. A pesar de que en Nueva
York los rascacielos prácticamente dan sombra a todas las aceras por donde uno
camina. Este no era el caso ya que a nuestra espalda solo había la O.N.U. y el
East River. El sol está haciendo mella en nuestra paciencia. Aunque llevo un
gorro bastante ridículo, me estoy empezando a impacientar al ver que no pasa
ningún autobús en una de las ciudades más grandes del mundo y con más
transporte público. Y hace un calor insoportable. Al cabo de mucho rato,
aparece al final de la calle, rumbo hacia nosotros el transporte deseado. Se
acerca lentamente por el carril de la derecha en la gran avenida en la que
estamos. Justo cuando está a escasos metros de la parada. No frena y sigue su
curso como si no existiéramos. Nuestra primera reacción es la quedarnos parados
con cara de tontos. Al ver la parte trasera del autobús. Me pongo detrás, en
medio del carril, enrabietado y lleno de furia. Y escupo un grito gutural fortísimo
que se oye en media Nueva York. Esperando a que al menos no salgan los miembros
de seguridad de la ONU a abatirnos con sus metralletas. El conductor, para
sorpresa mía, lo oye y se detiene. Vamos corriendo con una expresión de alivio
por poder subir y culpa por el grito. Saludo como si nada hubiera pasado.
Pagamos y nos ponemos en la parte del piso de arriba que es descapotable. Arranca,
el aire, la sombra de algunos árboles y los edificios al girar a la izquierda
entre las calles de Manhattan, nos alivian el calor. Mis amigos se ríen por lo
que he hecho, pero a la vez lo agradecen porque no estamos aún esperando al sol,
otro autobús. Y camino de Central Park.
Mientras,
reflexiono por lo sucedido. Muchas naciones unidas y mucho intentar comunicarse
en cientos de idiomas pero al final los sonidos y gestos más básicos se
entienden en Mallorca, en Nueva york y en cualquier sitio del mundo.
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