Es mediodía, hace un sol de justicia. Voy andando rápidamente. Me dirijo hacia el trabajo, para acabar mí jornada laboral. Mientras camino por la acera, veo varios metros delante de mí, un chico con un monopatín que circula por la acera. Le pierdo de vista al doblar a la izquierda la esquina de la calle donde me encuentro. Sigo andando hacia esa misma esquina. Voy bastante rápido pese al calor, pero voy justo de tiempo para llegar de hora al trabajo. Justo cuando doblo la calle. Oigo un grito y un gran alboroto. A medida que me acerco al lugar de los hechos. Mis ojos ven una escena dantesca como pocas y que mi cerebro no acaba de asimilar. Antes en esa acera había unas mesas pequeñas de un bar a ambos lado de la acera. Dejando una especie de pasillo en medio para que pasemos los transeúntes. Suele haber normalmente mucha gente y las camareras van saliendo fuera con sus bandejas a repartir lo pedido por los clientes. El problema es que por muy hábiles que sean sirviendo no es fácil esquivar un chico inconsciente en un gran monopatín a toda velocidad.
A medida que me acerco veo rojo, mucho rojo. Y como el suelo reticulado de adoquines se tiñe del mismo color.
Llego al lugar de la tragedia. Hay literalmente sandia por toda la acera, sillas, mesas, camarera y clientes. Todos con pequeños pedazos rojos adheridos en sus rostros. Como si de una película gore se tratara. El chico se levanta pide perdón a la camarera empapada en sandia y sigue su curso lentamente hacia el final de la calle con cara de “la he liado parda”.
Conclusión; deja más espacio para pasar y no tanta mesa en medio de la acera. Y que por mucho que la gente se empeñe en ir en monopatín, bicicleta, moto, con la correa del perro estirada 5 metros, etc. La acera es de los que van a pie y por desgracia los que van en silla de ruedas no de los intolerantes, irresponsables y maleducados que van en de cualquier manera.
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