Nos sentamos
en la única mesa libre. Siendo entresemana creía que habría más sitio. Estamos
al lado de la puerta de la entrada. Entre nosotros y la puerta, solo hay una
pequeña mesa para dos como la nuestra, con el cartel de "reservada".
Es un restaurante no muy grande y con muchos detalles "vintage". Prácticamente
todos los clientes son extranjeros.
Empieza
nuestra velada. Y mi acompañante inmortaliza con su móvil y sin flash los
platos que nos van sirviendo. Yo llevo una cámara de fotos compacta, pero me da
reparo sacarla allí en medio.
La mesa de al
lado es ocupada por una pareja de mediana edad. Él, parece crítico gastronómico. O esa sensación nos dio. Al cabo de unos
minutos cuando les sirven el plato principal. Mi acompañante, me hace un señal con la mirada, para que mire a esa mesa. Miro y alucino. La señora de la otra mesa está enfocando
su plato con una cámara réflex de gran tamaño. Me vuelvo a girar hacia mi mesa
con cierto estupor. De repente noto un resplandor que viene de la mesa de al
lado. Me giro discretamente de nuevo hacia la mesa de nuestra derecha y con
cara de ver algo milagroso. Por lo brillante y extraordinariamente raro. La señora de
mediana edad está con una mano con su aparatosa y gran cámara de fotos y con la
otra sostiene un foco de estudio de más de 20 centímetros por lado. Apenas
puede sostener el peso de los dos aparatos. El señor que la acompaña pone cara
de vergüenza ajena. Normal, es muy ridículo.
Pasen los
minutos y llaman al camarero. Se quejan de que la carne está poco hecha. El
camarero de muy buenas maneras les dice que está como toca, poco hecha. Pero si
quieren se la pueden hacer más.
Mi pensamiento en ese momento es que no se dé
que se quejan. Ya que después del ridículo que habían hecho sacando su equipo de fotografía en
medio de una cena. Podían haber hecho a su gusto la carne dejando un poco más
el enorme foco enfocando su plato.
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